Sábado 25 julio 2009 6 25 /07 /2009 20:27
Cataluña fue una de las cunas del catarismo. Precisamente en Cataluña vivieron los últimos Perfectos, la presencia de cuales creaba la atmósfera de la inefable bondad y del servicio mutuo en el amor. Guilhem Belibaste, el último Perfecto catalán quemado por los inquisidores, predijo en el 1309 que al pasar 700 años el laurel nuevamente reverdecerá. 

 

  A San Salvador-Padre-Nuestro solía venir el Padre Celeste y al igual que hoy ocurre durante las revelaciones de Beleser, nos mostraba los cielos de los misterios eviternos: la verdadera historia de la creación de la tierra y el hombre.

   Al Padre de los padres no lo veían todos y cada uno de los puros, sino tan sólo unos pocos ungidos. Su rostro desprendía una luz indescriptible y sobresaliente y en un instante el corazón se fundía en los rayos de la bondad solar y la espiritualidad suprema.

   Cuando los elegidos fueron ascendidos al grado de serafitas por el Altísimo, éste les mostró cuán incondicional seguía siendo Su amor por la creación a pesar de las múltiples apostasías y traiciones. Introdujo en ellos su Ojo, cuya visión no languidece en la noche, tras lo cual los ungidos

aprendieron a contemplar a quienes les rodeaban con los ojos de la bondad, el amor y la sabiduría solares (que usarían para conquistarlos).

   Para alcanzar la perfecta espiritualidad hace falta tan sólo una cosa – instruían los ungidos cátaros -: ver al Altísimo, a sí mismo y al mundo con los ojos de la bondad celestial. En contraposición la alteración proyectada sobre la visión espiritual del dios-hombre conlleva unas consecuencias catastróficas.

    Precisamente en su más remota profundidad es donde el hombre es íntegramente puro.

    El hombre es inmortal no sólo porque exista una vida más allá de la carne física, sino por la condición indestructible de su principio celestial.

    Ninguna circunstancia – apuntaban los ancianos a los recién llegados - hará que el más grave e imperdonable de los pecadores, aparentemente desviado y tres veces maldito, pierda la conexión con sus orígenes celestiales.

    San Salvador era un lugar de una compasión excepcional. Aquí se producían milagros misericordiosos: sanaban las enfermedades incurables de miles de inválidos, a quienes subían en camillas, ¡a veces durante varios días!, hasta altitudes inaccesibles de 700 metros.

     La simple vista del castillo tenía un efecto curativo y purificador. San Salvador se veía a decenas de millas a la redonda.

     La reputación del castillo del Altísimo era tal, que los habitantes de pueblos vecinos se contentaban con alzar las manos hacía San Salvador y contemplarlo durante la oración matinal, tras lo cual experimentaban el entusiasmo de la sobreiluminación durante todo el día, fuera cual fuese su ocupación.

 

    A principios del siglo XI, por voluntad del Altísimo, brotaron simultáneamente en San Salvador miles de manantiales.

    ¡Sí, sí, miles! Al principio brotaron tres, de algún sitio bajo la tierra y después una fuente de manantiales, cada uno de los cuales recibió su nombre en honor a uno de los santos divinizados del Grial.

No pasaba ni un día sin que los puros y purísimos realizaran las abluciones en sus aguas. A los recién llegados se les prescribían varias abluciones al día, acompañadas de oraciones catárticas y bajo la supervisión de los ancianos.

     El Altísimo prometió lavar a los peregrinos y habitantes de San Salvador en las aguas misteriosas de estos manantiales, surgidos milagrosamente de las rocas; y limpiarles las inmundicias del príncipe de este mundo, hasta que alcanzasen la pureza absoluta.

     El maligno – instruían los padres de San Salvador - consideraba que la capacidad ofuscadora y corruptiva del hombre es inagotable.

     Los ungidos cátaros enseñaban lo contrario: el potencial purificador y virginal del ser humano es infinito. De ahí que nadie se atreviera a llamarse a sí mismo “puro”, pues de este modo anulaban espiritualmente la posibilidad de una futura purificación.

     La esfera del santo estar suprema y ardiente permitía a los inmortales relicarios (cuyos cuerpos derramadores de mirró estaban ya ocultos dentro de la montaña) permanecer durante semanas e incluso meses en los cuerpos inmortales, estar presentes entre los consagrados y practicar con ellos los misterios y las unciones místicas.

     El objetivo de su presencia en la tierra era la depuración de los aires y la difusión de la gracia.

     Era imposible abandonar la montaña. Desde los niveles más altos de divinización el mundo parecía aun más terrible que las profundidades del infierno o las ensenadas del diablo. Sobre San Salvador se extendió (¡continuadamente!) un gigantesco querubín blanco: era el sello de Nuestro Altísimo y de su protección eterna sobre la montaña de los elegidos.

     Los padres de San Salvador llamaban a este lugar el centro espiritual de la teohumanidad. http://www.juangrial.com/


 


Por Olga Maria del sol
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